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Tres miradas, té y café

23 Nov

El calor recargado del bar le golpeó en la cara cuando su amigo abrió la puerta. Aún con las manos en los bolsillos del abrigo, el frío de diciembre había calado hasta los pequeños huesecillos de sus femeninas manos. Su compañero de facultad saludó desde la puerta a su amigo, sentado en una mesa al fondo de la cafetería, que jugueteaba con una taza de café vacía. Al llegar junto a él le propinó una palmada en la espalda, soportada estoicamente y respondida con una sonrisa.

Les presentó, a ella como una amiga de la facultad y a él como un amigo de toda la vida. No era especialmente atractivo o diferente. Simplemente una persona más. Tras darse los obligatorios besos de presentación, ella mantuvo sus ojos clavados en él un momento, intentando encontrar ese algo especial que a primera vista no se apreciaba. Tras unos segundos, él apartó los ojos y se sentó de nuevo, dirigiéndose a su amigo, mientras que ella observó el bar, y la gente que allí había, controlando sus propios movimientos para aparentar seguridad y desenvoltura ante el recién conocido.

 Ahora se pondrían a hablar de fútbol, o de cosas de hombres. La verdad es que no sabía por qué había acompañado a su amigo de la facultad a aquella cafetería. Mientras ellos hablaban de sus cosas, ella pidió un té rojo. Le gustaba aquel aroma, le traía recuerdos. En el primer gesto no calculado desde que llegara al bar, aspiró el aroma de la infusión con la naturalidad con que lo hacía cuando estaba sola. Y justo en ese momento, sintió como él la miraba fugazmente. Muy bien, su castillo de naipes empezaba tambalearse.

La conversación entre los dos amigos se hallaba en un punto de vanalidad absoluta, si bien sólo su compañero de facultad parecía seguirla con interés. Su amigo, por su parte, parecía ausente y pensar en otros asuntos. En una mujer, quizás. Se llevó la taza a la boca y sorbió un poco de té. Un agudo y fugaz dolor de quemadura en su labio le hizo fruncir el ceño y sobresaltarse un poco, lo suficiente como para que él levantase la vista hacia ella. No pudo hacer otra cosa que devolverle la mirada y sonreír, sintiendo que había dejado al descubierto parte de su yo interior, que provenía de la espontaneidad y no le hacía sentirse segura. Otra ráfaga que amenazaba su torre de cartas. A ojos de la gente, parecía una mujer firme. Sus gestos, sus movimientos, todo estaba estudiado y practicado durante años para que pareciesen naturales. Así, su apariencia y su forma de actuar la llevaba en volandas en sus relaciones sociales, amparada además en un atractivo físico que ayudaba a ocultar su inseguridad innata.

¿Se habría fijado en ella? Estaba acostumbrada a que muchos hombres se fijasen en ella, muchos y más interesantes a priori que el chico que tenía enfrente, pero aquello la estaba descolocando. ¿Era su forma de mirar? Sólo habían cruzado dos miradas, y en cada una de ellas uno de los dos se había sentido pequeño e intimidado. Decidió retomar el camino que siempre frecuentaba, el camino de los gestos calculados. Sabiendo que él la miraba de reojo mientras hacía que charlaba con su amigo, se echó el pelo hacia atrás con un gesto que tenía años de práctica dejando ver su hombro desnudo, girando la cabeza y simulando observar algo en la barra del bar. Supo que él la miraba, y supo con qué ojos. Ahora sí que estaba donde ella quería, nada de dudas, nada de espontaneidad. Control.

Al cabo de un rato de conversaciones de hombres, decidieron marcharse. Su compañero de la facultad se despidió de forma tan efusiva como se había presentado. Ella volvió a dirigir sus ojos hacia el chico, y esta vez él si aguantó la mirada. La seguridad que había conseguido recuperar hacía un rato se volvió a esfumar como el aroma del té. ¿Por qué esa persona provocaba aquello? Nunca se había sentido tan vulnerable, ni siquiera al tratar con personas más intimidatorias ni con hombres aparentemente más del tipo de hombres que precisamente ella pretendía atraer. Para despedirse, no pudo hacer más que mover la cabeza en un gesto de adiós. Sintió como el castillo de naipes se derrumbaba sobre su ego. Al dirigirse a la salida junto a su amigo semidesconocido de la facultad, pensaba si no se arrepentiría de no haber dado rienda suelta a su insegura espontaneidad y haberse quedado allí. Tal vez aquellas tres miradas fueron las últimas que iban a cruzar en su vida. Ya en la calle, miró a través de la cristalera y vio como él pedía otro café. Sus dedos comenzaron a sentir de nuevo el penetrante frío del tardío otoño y fue invadida por el deseo, más fuerte que nunca, de rodear con sus manos una cálida taza de té.

El Curuxu

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Publicado por en 23 noviembre, 2010 en Miscelánea

 

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