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Séptimu Arte – Drive

01 Ene

Drive

Nicolas Winding Refn. 2011. EEUU.

Guión: Hossein Amini (Novela: James Sallis)

Música: Cliff Martínez

Fotografía: Newton Thomas Siegel

Reparto: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Ron Perlman, Brian Cranston, Oscar Isaac

Cuando en los primeros minutos de proyección escuchas crujir el cuero de los guantes de Gosling sobre el volante, sabes que no es una película al uso. No hay gestos, apenas luz, no hay palabras. Sólo un tipo callado, seguro, serio, y un atraco a un lugar que no nos interesa, con unos tipos que no nos interesan. Es sólo un contexto, una introducción al tipo de los guantes, que es lo importante. Sólo su rostro, su seriedad, su nada. Ryan Gosling, aroma ochentero y, si eres de esos, un cierto aire de familiaridad que te hace quedar prendado de lo que está por venir. Así, sin más, empieza Drive.


Y cuando digo de esos, me refiero a aquellos que por algún extraño motivo que no llegamos a poder entender, admiramos el cine de Sam Peckinpah y añoramos sus arranques de seca violencia cinematográfica. Porque existe cierto aroma a Peckinpah en el Drive de Nicolas Winding Refn, en concreto a la frenética y deshinibida The Getaway (1972), pero con un envoltorio más serio, pausado y rítmico que aquélla. Si bien los arreones violentos ya son seña de identidad de Winding Refn desde su interesante saga danesa Pusher (1996, 2004, 2005) y la más reciente, visionaria e incomprendida Valhalla Rising (2009), en Drive muestra un registro tremendamente intimista y enfermizamente atrayente.


Ryan Gosling interpreta a uno de los personajes más inquietantes, entrañables y desconcertantes (todo en uno) de su carrera cinematográfica, y con escasas líneas de guión. Si uno espera que los tiros, las persecuciones y las frases lapidarias sean el leimotiv de Drive, ya puede esperar sentado. Hay tiros, hay persecuciones y grandes diálogos, pero todos ellos se cuentan con los dedos de la mano. Drive son silencios, miradas, hablar sin decir palabra. Y química indescriptible entre Gosling y Carey Mulligan (amor platónico de un servidor), la cual aporta la belleza y talento necesarios para que el primero se coma la pantalla y se ratifique, al menos bajo la mirada de aquellos que le siguen desde sus inicios, como uno de los actores referencia de la década.


Drive trae de vuelta la acción seca y metálica de los 80, donde los cristales rotos suenan a real y la sangre salpica la pantalla con su aroma dulzón. Winding Refn mezcla, sin agitar, miradas llenas de tensión pasional y larguísimos silencios con explosiones instantáneas, casi subliminales, de ultraviolencia descarnada y casi surrealista, conformando un extraño y agridulce cocktail cuyo sabor a neumático quemado permanece en el paladar hasta mucho tiempo después de que terminen los créditos finales con el tema A Real Hero de College metiéndose a la fuerza en nuestra cabeza.

Tras ver Drive, se apoderó de mí un inevitable deseo de comprarme una chupa hortera, unos guantes de cuero y, palillo en boca, salir a pisar pedal en plena noche. Y por un momento se me ocurrieron varios objetivos cuya cabeza quedaría muy bien bajo mi bota, pero por suerte fueron pensamientos fugaces y no realizables, al contrario de lo que le pasa a Gosling en la inolvidable y suprema escena del ascensor (la mejor secuencia de la película). Porque hay que admitir que todos desearíamos ser, aunque fuera por un instante, el bueno de Ryan Gosling.

El Curuxu

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Publicado por en 1 enero, 2012 en Cine, Séptimu Arte

 

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