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Música de Gaita para Despertar a los Castaños – Capítulo 13

02 Jul

Con aquellos vaqueros viejos y la sudadera de Fruit of the Loom descolorida y con alguna que otra china vestigio de noches de colocones juveniles, se sentía un poco ridículo. Nunca había sido especialmente sibarita para la ropa, más bien al contrario, pero años de vida urbanita le habían hecho perder la costumbre de vestirse con ropa cuyo único objetivo fuera ser pasto de las manchas y los desgarrones.

El día había comenzado con llovizna, pero había escampado e incluso se veían algunos trozos de azul celeste entre el gris cada vez menos plomizo de las nubes asturianas. La piedra mojada de la casa de sus abuelos brillaba ligeramente, y el sonido de alguna tímida gotera se escapaba por las grietas y agujeros de las paredes y techos. Con los planos que había hecho en la oficina cuidadosamente enrollados, brazos en jarra observaba la estructura del tejado de la casa, intentando buscar un lugar para hincarle el diente. Detrás de él, sentado sobre una piedra mojada, Pablo se liaba un canuto indiferente a la humedad que le empezaba a subir por la entrepierna a través del táctel del chándal azul marino.

– Esto es un desastre tío – dijo justo después de humedecer con la lengua la tirilla de pegamento del papel de fumar – Esto no hay Dios que lo salve

Tomás no escuchó lo que su amigo le decía. Seguía escudriñando cada viga, cada trozo húmedo de madera. Las paredes de piedra se conservaban bien, salvo un par de grandes agujeros fácilmente reparables y sin ninguna influencia en la estabilidad de la casa. La planta baja mantenía casi intacta la estructura de madera, formada por cinco grandes vigas que la atravesaban de norte a sur, sobre las que descansaban las viguetas que servían de sustento a las tablillas que formaban el techo, mirando desde la planta baja, y el suelo de la planta superior. El agujero del tejado había permitido que la lluvia atacase sin piedad la madera que tan preciadamente se había encargado de proteger el que había diseñado la casa, indeterminados años atrás. Pese a ello, las tablillas de pino del forjado habían servido de mártires sacrificados para una causa mayor, siendo pasto de humedades, hongos e insectos que se aprovechaban de la madera blanda y debilitada. Las vigas y viguetas de madera de castaño que las sujetaban, sin embargo, se encontraban casi en perfecto estado.

La cubierta que formaba el tejado era otra cosa. Algún temporal había abierto un agujero entre la teja, y sin mantenimiento alguno había ido agrandándose a medida que el propio agua y el viento erosionaba las tejas y la podredumbre consumía la madera y se extendía ávida de humedad y sombras. Pese a ello, las cuatro enormes vigas que daban forma a la cubierta se mantenían estoicas en su posición. En los apoyos en las paredes de piedra, donde el agua se había ido acumulando, la madera se había convertido en una masa blanda podrida y oscura que amenazaba con mandar a la mierda todo aquel esfuerzo inútil.

La primera idea fue tirar por el camino del medio. Podría mantener las paredes de piedra y poner forjados prefabricados, y un par de cerchas de acero haría una cubierta cojonuda. La idea se desvaneció de su cabeza a la misma velocidad que el humo de la primera calada del porro que se estaba fumando Pablo. Decenas de brotes de castaño habían crecido dentro y fuera de la casa, y habían ascendido, ya púberes, pegados a las paredes envolviendo con sus verdes ramas la roca húmeda, los muebles y las vigas.

En aquel ciclo infinito e imparable, los brotes fuertes y vigorosos crecían libres de influencia humana, extendiendo sus ramas hasta tocar al fin la madera de la estructura. Como siguiendo un instinto incomprensible a la opaca psique humana, aquellos jóvenes y flexibles castaños envolvían rozando suavemente con sus hojas la madera que había sido parte de sus propios padres, cerrando el círculo. La misma lluvia que los hacía crecer aceleraba al mismo tiempo el deterioro de la madera progenitora, la cual retornaría podrida y descompuesta al suelo sobre el que ya se desarrollaban las raíces de los primogénitos y les dotaba de alimento y alma. La simpleza y eficiencia del ciclo conformaba un escenario de nostálgica belleza difícilmente asimilable por la categorizada y autoritaria mentalidad humana.

– Vas a tener que tirarlo todo, antes de que te caiga encima – la voz de Pablo sonaba ronca y lenta detrás de él. Sin girarse, Tomás imaginaba sus párpados semicerrados y pensaba que tal vez el estado alterado de conciencia que el porro proporcionaba a su amigo podría hacerle ver mejor aquel poético y significativo ciclo vegetal.

– No voy a tirar nada, unos arreglos en los apoyos y algún injerto de madera en alguna zona. Lo veo claro. Esto está de puta madre.

Las pupilas de Pablo miraron bamboleantes el tejado inestable y podrido sobre las paredes agujereadas.

– Tío, te iba a ofrecer una calada, peo creo que no.

¿Cómo podría tirar aquella estructura? La madera que daba sustento y forma a aquella casa tenía más valor del que pudiera imaginar. Entre sus vetas acumulaba años, sonidos y olores. Aquella madera servía de preciada y fiel caja fuerte donde se arrinconaban, seguros, cientos de vivencias, recuerdos, voces y sentimientos. La voz de sus abuelos y de los padres de sus abuelos. Sólo aquella madera sabía la ingente cantidad de voces que acumulaba entre sus fibras, voces cargadas de alegría o tristeza, de jolgorio o de soledad. El propio aire que respiraban las personas que habitaron aquella casa se convertía, físicamente, en el carbono que daba forma a las células del castaño cuya perfecta columna vertebral conformaba años después el techo de su hogar. De nuevo otro ciclo, paralelo y entrelazado, junto con infinitos ciclos imperceptibles e incomprensibles que daban ritmo y evolución al mundo controlado por la naturaleza y que neciamente el ser humano intentaba controlar sin éxito.

Tomás arrugó violentamente el plano que tenía en sus manos. Sabía que no servía de nada. Había encontrado el camino, sabía lo que quería hacer. Lo que debía hacer. Nadie de los que habían acudido a la reunión estaba allí, frente a sus casas, con el objetivo de devolver Soto a la vida. La idea de que un grupo de completos desconocidos hicieran realidad su sueño descabellado había sido pueril, egoísta e inocente. Como había escuchado a su abuela Teresa en algún momento de su infancia, el camín fáese al andar. Y no había camino si no se daban los primeros pasos. Pensaba que, aunque fuesen titubeantes y dieran un par de vueltas hasta encontrar rumbo, aquellos primeros pasos acabarían por mostrarle caminos que antes estaban ocultos.

– ¿De dónde vas a sacar la madera? – Pablo volvía a intentar dar conversación ante el viaje de la mente de Tomás hacia universos cíclicos paralelos – Ahí detrás hay un árbol cojonudo, además es un castaño ¿no?

Tomás miró a través de las grietas de la pared de piedra al majestuoso castaño que crecía detrás de la casa. El castaño de su abuelo Félix, aunque él no lo supiese. No encontraba sentido a tirar aquel árbol en la plenitud de su vida, vívido, potente y brillante, símbolo indescriptible de vida. Aquel castaño seguiría allí, nadie iba a acercar motosierra alguna a su tronco. La paradoja que nacía de la tela entretejida de los ciclos vegetales y humanos hacía necesaria la tala de los árboles de los cuales se obtenía la madera, pero activaba los resortes necesarios para el despertar de la conciencia requerida para protegerlos y respetarlos. Aquel castaño no iba a talarse. El valor de aquel árbol no estaba en su madera, ni en su fruto. Eso es, aquello era exactamente. Alma. Alma de madera, verde, húmeda y vivaz.

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